Fiel y Justo

Hemos aprendido sobre la Plenitud de Dios. Ya hablamos sobre Su Poder y Su Amor tan grande, bien como Su carácter inmutable (que no cambia) es Su rectitud. En este mes, aprenderemos sobre la fidelidad y la justicia de Él. Dios es Un Ser que es adorado. Él es Fiel y Justo. No falla jamás. Su justicia es perfecta, y, por eso, justifica lo que es: ¡Digno de honra y alabanza!

El hombre clama por justicia. A pesar de eso, muchas veces falla en su juicio. Aunque se esfuerce por hacer que la justicia prevalezca, no puede juzgar con perfección como Dios que ve el interior de cada persona. El ser humano hasta puede faltar con su palabra. Un día puede decir una cosa y, dependiendo de las situaciones, cambiar su pensamiento, diciendo otra. Pero el Señor no. La Palabra de Dios es Verdadera y Él siempre la cumple fielmente en la vida de aquellos que en Él creen.

Así, incluso si el hombre se equivoca, Él permanece Fiel a Su Palabra.¡Ella nunca cambia!

A pesar de todos los errores humanos, el Señor ama a cada uno, por eso sabe esperar, es paciente, misericordioso y tardío en airearse. Su amor es incondicional e inimaginable; Tan inmenso que Él ofreció a Su único Hijo para morir por los pecados de la humanidad. De esta forma, fue posible la reconciliación entre Él y Su criatura, evitando, así, la muerte eterna de las personas.

Fuimos amados primero por Dios, y todavía eramos a penas Sus criaturas. Pero, ahora, Él quiere tornarnos Sus hijos por intermedio de Su Hijo, el Señor Jesús, y de Su sacrificio en la Cruz.

Por Su gran Misericordia, Dios nos ofreció la salvación de nuestra alma, librándonos del fuego que arderá por toda la eternidad, lejos de Su presencia.

La persona, todavía, no es salva por su propia justicia o por hacer apenas lo que es correcto; Es salva sobretodo por la fidelidad y justicia del Señor. Para eso, precisa reconocer que heredo la naturaleza pecaminosa de Adán y que, como una pecadora, ella necesita del perdón de Dios, de humillarse delante de Él, confesándole sus errores.

Luego después de esa entrega de vida, el Espíritu Santo viene a envolverle con un espíritu nuevo, haciéndola nacer de Dios. Él la llena de paz interior por la certeza de que sus pecados fueron perdonados y apagados, así como todas las cosas injustas cometidas por ella hasta entonces, pues está escrito:

“Si confesamos nuestros pecados, Él es Fiel y Justo para perdonarnos, y purificarnos de toda injusticia” (1 Juan 1:9).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *